¿Qué tipo de mundo queremos vivir?

Concordando con el profesor Maturana, hacernos esta pregunta es muy necesario, importante y liberador, especialmente si pensamos que nosotros construimos la realidad y que, siendo optimistas, no estamos sujetos ni resignados a su determinismo. El ser humano en su desarrollo particularmente ontológico, no es un ente acabado, sino que se encuentra en constante evolución y transformación, intentando superar una y otra vez, su circunstancia vital, su visión de mundo y su situación en este. En potestad de su libre albedrio, el ser se pregunta, cuestiona y elabora posibilidades de acción. Nada es definitivo, y lo que llamamos realidad puede sufrir modificaciones, y, en consecuencia, darnos otras alternativas para el mejor aprovechamiento de nuestras potencialidades humanas.

Partiendo del supuesto que una pedagogía centrada en el estudiante obliga a la reflexión crítica de ¿Para quién educamos?, es necesario preguntarse también sobre el mundo que nos rodea, lo que esperamos de él y como nos vemos en ese mundo que queremos, antes de proponer a nuestros estudiantes una materia determinada. Esto, porque consideramos de suma importancia buscar o crear coincidencias en relación a una vida que se sostiene en ideales humanos comunes, respetando las particularidades culturales de todos nosotros.

Desde donde entendemos, una pedagogía reflexiva y crítica, debe comenzar el proceso de aprendizaje buscando un punto de encuentro entre los intereses individuales y lo que vamos a entender en la actualidad por responsabilidad y compromiso con las problemáticas sociales. Creemos concordar con la mayoría de los seres humanos con cierto grado de sensibilidad, que no queremos un mundo violento ni injusto en la distribución de la riqueza económica. Es decir, creemos firmemente, que las intervenciones profesionales deben estar dirigidas hacia la toma de conciencia de nuestro rol en la construcción de una sociedad respetuosa, equitativa, y que se basan en una pedagogía consecuente con los principios humanistas declarados por grandes pedagogos como Paulo Freire y con el compromiso social que hemos adquirido como educadores.

Continuando con nuestro análisis, si hemos sido capaces de encontrar o crear una respuesta a esta primera pregunta, nos asalta una segunda, subsecuente de la primera.

 

¿Qué tipo de ser humano necesitamos formar para ese mundo que queremos?

Es evidente que si queremos vivir un mundo “azul” necesitamos formar un ser humano “azul”. Sin desconocer que la aseveración anterior puede parecer burda y trivial y que toda propuesta presenta un matiz “político-ideológico”, lo que queremos destacar es el hecho de que en toda formación está implícita una “idea de ser humano” que responde, o debiera responder, al contexto socio-histórico que se vive.

Considerando lo anterior, el tipo de ser humano que necesitamos formar para el mundo que queremos, debiera responder a las condiciones antes mencionadas. Un ser humano sensible y comprometido con la justicia social, sensible al sufrimiento del otro, con proposiciones claras y precisas en relación con estos cambios y con una actuación profesional y personal consecuente con los principios y valores que representa una vocación social. Si bien como sociedad mundial hemos avanzado en tecnología, ayuda humanitaria y apoyo global, hemos sobreexplotado nuestro medio en el que vivimos y hemos ido arrinconando a los más pobres, agrandando la brecha entre éstos y los más ricos, dejando algunas poblaciones al borde de la simple sobrevivencia, en las cuales el concepto de calidad de vida simplemente no existe, porque apenas cuentan con agua.

Por lo tanto, lo que necesitamos es un ser humano consciente, consecuente y respetuoso de una ecología sustentable, con una actitud crítica frente a su propia acción, liberando su espíritu hacia mejores condiciones de vida sin entorpecer el fluir de la naturaleza

Finalmente, si hemos propuesto una respuesta a esta segunda pregunta, tenemos que, necesariamente, dado el nivel institucional en el cual desarrollamos nuestras intervenciones pedagógicas, hacer una tercera.

 

¿Qué tipo de profesional debe formar la universidad para ayudar a formar a ese ser humano que necesitamos para la sociedad que queremos?

Dentro de las múltiples funciones que cumple una universidad, se le reconoce por ser una institución en la cual se recopila, sistematiza y distribuye todo el conocimiento universalmente producido, y esto lo hace a través de sus tres principales ejes: investigación, docencia y extensión.

Según Max Scheller, citado por Máximo Pacheco, (1999), una persona culta es quien posee una estructura personal, un conjunto de móviles esquemas ideales, que, apoyados unos a otros, construyen la unidad de un estilo y sirven para la intuición, el pensamiento, la concepción, la valoración y el tratamiento del mundo y de cualquier cosa contingente a él; esos esquemas anteceden a todas las experiencias contingentes, la elaboran en unidad y las articulan en el todo del mundo personal. Esto nos indica que no basta con saber más o dominar conocimientos técnicos sobre ciertas materias, especialmente si pensamos en un ser humano que, aplicando dichos conocimientos, piensa siempre primero en el bienestar social junto al individual.

Tampoco se trata de que coincidamos en todas las variables que implica el desarrollo humano, pero sí creemos necesario coincidir, como sociedad, en aquellas que tienen que ver con la paz, la democracia, la libertad y el bienestar social, de tal manera de poder conjugar una sociedad que se respete a sí misma valorando las idiosincrasias y particularidades de cada pueblo. Y, evidentemente, también desde nuestra perspectiva, debemos ser consecuentes con nuestro declarado compromiso para con la responsabilidad social de los profesionales que se forman en la Universidad del Bío-Bío. Considerando esto, el profesional que se forme en la universidad debe tener presente que su principal compromiso está con la formación humana de quienes sean intervenidos por su accionar pedagógico, lo que finalmente redunda en anteponer valores y principios humanos a la enseñanza de cualquier dominio técnico, funcional y utilitario.

Al respecto de las preguntas anteriormente expuestas no asumimos ser originales al plantearlas, ya que suponemos que son preguntas que la mayoría de los seres humanos se hace. Lo que buscamos es una alternativa que nos permita responderlas y adecuarlas a nuestro contexto cultural, desde la perspectiva de una pedagogía crítica y democrática.

Por lo tanto: el mundo que queremos vivir debería considerar la no violencia y la promoción de la paz entre las distintas manifestaciones socioculturales para lo cual necesitamos formar en el individuo la auto-conciencia del uso de sus potencialidades humanas en beneficio de esta búsqueda de la paz y, obviamente, para que este ser humano exista, esta formación necesita de profesionales que en su intervención, desde la más tierna infancia, tengan como eje orientador una conciencia humanitaria que se refleja en acciones coherentes con el discurso pedagógico socio-crítico y sensible a las necesidades sociales más urgentes de la humanidad.

En otras palabras:

Se hace necesario un compromiso con la Cultura de Paz, la no-violencia, el respeto, la justicia y la solidaridad. Sin embargo, queda claro que esos principios deben nortear toda la conducta y el comportamiento motor del individuo, sea en cualquier espacio de su vida, social, político, familiar o profesional, con el fin de ir más allá del discurso vacío, el hablar acalorado, pero sin sentido práctico e involucrar definitivamente en la cotidianeidad de un proceso de reconstrucción de lo humano y en un entendimiento claro de la necesidad de elevar nuestra reflexión hacia una consciencia cósmica.

(Beltrao, 2006, p.39)

Esto no pareciera ser muy complicado en sus aspectos teóricos, dado que conocemos de la vasta bibliografía que se refiere al tema de la responsabilidad social y del llamado al profesor por preocuparse de los problemas sociales e involucrarse de alguna forma en acciones que ayuden a disminuir o a no incrementar las diferencias que causan resentimiento y dolor en quienes las padecen negativamente. Lo complicado, a nuestro parecer, es cómo crear en nuestros estudiantes consciencia, o en otras palabras, como hacerlos conscientes de una realidad que se les había negado en la formación Básica y Media, y que muchos menos habían considerado al postular a una Carrera de Pedagogía en la Educación Superior.

Lo descrito en el párrafo anterior nos interpela a responder la pregunta, ¿cómo se hace esto en clases de Educación Física (o en cualquier otra disciplina)? ¿Cómo desarrollamos una clase en la cual los estudiantes vivencien el compromiso, la responsabilidad y la empatía? ¿Cuál es el contenido y actividades más adecuadas para tales objetivos? ¿Cómo es una clase vinculada a la cultura de la paz?

Sabemos que en nuestro proceso de formación los seres humanos estamos constantemente realizando elecciones de diferentes tipos. Con esto queremos indicar que el tipo de mundo y sociedad que vivimos tiene que ver con una elección que hacemos y, en razón de una conciencia libre, esta elección debería dar respuesta a las necesidades sociales vividas por todos y que no se justifica la formación universitaria sólo en función de fines utilitarios, funcionalistas o instrumentales, es decir, buscar una profesión sólo para ganar dinero.

En relación con esto, es importante recordar lo que menciona el profesor Humberto Maturana (1993, p.217-218):

La Universidad no es una empresa comercial, sino que un espacio social que existe sólo en la medida en que la comunidad en que se inserta la crea así a través de las acciones de sus miembros. Esto es, la Universidad desaparece cuando la comunidad en que se inserta no se hace responsable de la satisfacción de las condiciones materiales, éticas y ecológicas que la hacen posible.

Como ya nos preguntamos acerca de la sociedad que queremos y aventuramos algunas posibles respuestas, también es justo preguntarse y responder cómo podemos contribuir en dicho ideal. La formación universitaria debiese, entre otras cosas, orientar a las personas en esa dirección y no sólo responder a fines utilitarios de beneficio personal. Siguiendo este argumento, Maturana indica: hoy los estudiantes se encuentran en el dilema de escoger entre lo que de ellos se pide, que es prepararse para competir en un mercado profesional, y el impulso de su empatía social que lo lleva a desear cambiar un orden político-cultural generador de excesiva desigualdades que traen pobreza y sufrimiento material y espiritual. (1997, p.12).

En consecuencia, deben elegir entre satisfacer sus deseos personales o atender la pobreza de la misma sociedad en la que viven, que no es tan solo la imposibilidad de llenar la “canasta básica”, sino que además representa una situación de insatisfacción de necesidades básicas, que está asociada a las limitaciones en el desarrollo de capacidades humanas y, además, se considera que la pobreza constituye una situación de vulneración de derechos (DIPP, 2008).

Acompañando este problema, aparecen en la dinámica social otros fenómenos como la injusticia social, las guerras, la destrucción de la naturaleza, el maltrato a la mujer, a los niños y ancianos, la ausencia de códigos éticos y morales, la búsqueda permanente e inmediata de un hedonismo exacerbado, entre otros. Diariamente somos bombardeados por los medios de comunicación con estos temas, pero las miramos cada vez con mayor distancia, como si nosotros no tuviéramos nada que ver con eso, porque no ocurre en el patio de nuestra casa, porque estamos muy ocupados en lo “nuestro” y porque estamos casi convencidos que los otros, los que viven “lejos”, no tienen nada que ver con nosotros.

Pues bien, algunos de nosotros trabajamos en la formación de otros, y nos preguntamos si esos otros necesitan de un llamado de atención, de un alerta, y que cuando observamos la complejidad del asunto, podemos darnos cuenta que no existe eso de “otros”, que no hay nada “allá afuera” que no me toque, que no me involucre, y que sólo tenemos dos opciones: o somos parte del problema o somos parte de la solución.

Descubrir lo que implica ser parte ineludible de la dinámica fenomenológica del comportamiento humano social nos obliga a reflexionar: esto de la formación inicial en la pedagogía de la Educación Física, la Educación Parvularia, la Educación General Básica, la Matemática, las Ciencias Biológicas, las Ciencias Naturales, entre otras. ¿No tienen nada que ver con todo eso? Si la respuesta es NO, no tenemos nada que ver con todo eso, entonces debemos preguntar: ¿Cómo puedo ser llamado educador? Porque hasta donde nosotros entendemos, ser educador y no preocuparse con esas problemáticas sociales es una incoherencia conceptual y una absoluta falta de sensibilidad.

Y el pre-ocuparse nos obliga a tomar una posición primero de reflexión y posteriormente de acción, en las cuales, desde la especialidad, proponer discusiones y, en lo posible, actuaciones que nos lleven a hacernos cargo de una parte del problema, y descifrar las bases teóricas que permiten explicar la existencia del fenómeno para, en su justa medida, orientar didácticas y metodologías que aborden dichos fenómenos. Una de las limitantes a esto, a la responsabilidad social del acto de educar, tiene que ver con una marcada impronta con el acto de instruir, cuya finalidad es enseñar algo para el funcionalismo y el utilitarismo en ausencia de reflexiones sobre el por qué y para qué enseñamos determinado contenido y las repercusiones que tendría en determinadas sociedades. Sabiendo, sobre todo, que los procesos instructivos están estrechamente relacionados con los competitivos. Consecuentemente, deberíamos responder como profesionales de una pedagogía y desde lo disciplinar: ¿Cómo puedo, desde la Educación Física, relacionarme con dichos problemas? y cómo, desde la Educación Física, ofrecer algunas posibles soluciones.

No pretendemos, a través de este texto, dar soluciones a problemas que la propia humanidad, representada mayoritariamente en la ONU, no ha logrado hacer desaparecer; nuestra pretensión no es otra que buscar en nuestros estudiantes, a través de las informaciones y reflexiones vertidas aquí, la toma de consciencia de una responsabilidad que va más allá del hecho de obtener un título universitario y profesional. Desarrollar una sensibilidad a la par del nivel de conocimiento adquirido. Formar un profesional para el funcionalismo o la perpetuación del statu quo no justifica la inversión que todos los involucrados hacen.

Parafraseando a Paulo Freire, el educador es un transformador, el educador transforma la realidad, re-hace el mundo, re-pinta el mundo, re-danza el mundo, re-canta el mundo. Si no hay transformación no hay educación, solo hay instrucción. Un puñado de saberes que son útiles en sí mismo y que no serán jamás útiles para modificar lo que nos cansa y nos duele.