Cuando orientamos los contenidos de la clase de Educación Física por el sexo de los alumnos y determinamos actividades diferentes para niños y niñas, diferenciando de esta manera comportamientos femeninos y masculinos, alimentamos el prejuicio de “fuerte” (hombre) y “débil” (mujer), ya que supuestamente las mujeres no pueden realizar actividades consideradas masculinas y los hombres no deben realizar actividades consideradas femeninas. Esto es especialmente delicado porque nos lleva a reforzar comportamientos de obediencia y poder, en los cuales las actitudes de ternura, cariño, afecto, amor y sensibilidad, quedan caracterizadas como conductas femeninas y se estimula en los hombres las actitudes de fuerza física, agresividad, destreza técnica y protección de la prole, características propias de la cultura patriarcal, en la cual las relaciones humanas existen en un orden de autoridad, poder y obediencia. Para compensar esto, debemos recordar que una de las responsabilidades más importantes del profesor es generar un ambiente afectivo que permita el diálogo, el respeto, el cariño, la alegría de compartir, de tal forma que cada persona sea considerada en sus características individuales y que todos puedan vivenciar en libertad las emociones propias de su edad. Así, considerando nuestra naturaleza y respetando los valores culturales, colocando en las clases vivencias socio-afectivas, tal vez encontremos un mejor camino para que, tanto hombres como mujeres, compartamos responsabilidades en igualdad de deberes y derechos. Por ello es importante considerar que la clase de Educación Física constituye un momento ideal para realizar actividades en las que damas y varones participen juntos en la construcción y solución de tareas motrices que impliquen la creatividad, cooperación y empatía, evitando la configuración “fuertes” y “débiles”. La Educación Física debe fomentar la expresión de una motricidad humana que no discrimine ni excluya, orientando sus actividades hacia el respeto de cada una de las formas de expresión. Es importante tener claro que las figuras lingüísticas de “fuerte” y “débil” son construcciones culturales, pues tanto hombres como mujeres poseen el mismo potencial genético para convertirse en lo que deseen o realizar las actividades que les agraden. En determinada circunstancias el hombre parecerá “fuerte” así como también puede verse “débil” frente a otras en la que la mujer es su fortaleza. En el fondo se trata más bien de la actitud con la que enfrentamos ciertas acciones de la vida diaria, puesto que al ser construcción cultural, fuerte y débil dependerán del contexto en que se aplican. Puedo ser fuerte soportando un peso y muy débil enfrentando una enfermedad, como en el caso contrario la mujer puede ser débil para sostener el mismo peso y muy fuerte para enfrentar una larga enfermedad. En muchos casos, cuando una pareja llega juntos a la vejez y ella muere primero, el hombre no pasa mucho tiempo más y muere al poco tiempo que su mujer ha partido. Caso contrario de muchas mujeres que viven muchos años más después que su pareja ha dejado este mundo. Vivimos inmersos en prejuicios que nos hacen discriminar negativamente a las personas. Y todo esto es aprendido, por lo tanto así como aprendemos un prejuicio y discriminar, podemos aprender a jugar y vivir juntos sin necesidad de compararnos en parámetros de quien es fuerte o débil.

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