Mejorar la “raza”

Edgardo Marín, en su libro Historia del Deporte chileno, nos cuanta que obsesivamente preocupados del “mejoramiento de la raza”, el deporte aparece en Chile a finales del siglo XVIII. No solo porque nos haría fuertes y sanos, sino porque mantendría virtudes morales que el alcoholismo y la flojera amenazaban. Pistas y canchas aparecen como alternativas a los bares donde la raza se degenera. El Ejército y la Marina, propician el ejercicio físico en sus filas y entran en el ambiente competitivo del deporte. La idea del mejoramiento de la raza, inevitablemente ligada a la soberanía, lleva a que las actividades físicas queden regidas por las instituciones de Defensa, que atravesaría enteramente el siglo XX. De allí que hasta los días de hoy tengamos clases de Educación Física en el más puro estilo militar. Por donde se mire, escuelas, liceos y colegios, las clases comienzan con un trote a modo de calentamiento (a los profesores no se les ocurre otra forma de entrar en calor), luego algunas actividades deportivas indicadas por el currículo del MINEDUC y finalmente una “pichanga” si se trata de un curso de varones o saltar cuerda si son damas. Esto va de la mano con la fuerza paradigmática de los cuerpos identificados con ciertos deportes. Si el niño o niña es alto, se le sugiere (muchas veces se le impone) que se dedique al basquetbol. Si es rápido, que compita en 100 metros planos. Y así, continúa un discurso y una imagen que no se aleja del siglo XVIII, es decir, que no respeta mínimamente a los jóvenes en su propio siglo, con historias y vivencias corporales propias como formas y miradas particulares del mundo que viven. Pero nosotros, los “adultos” continuamos empecinados en querer “mejorar la raza” inculcando en nuestros niños y niñas las mismas actividades para todos. Eso sin considerar que la vieja concepción cruza el tiempo y hoy, pasado el Bicentenario, el país no dispone de los recursos que permitan aumentar las prácticas deportivas en escuelas y colegios. El SIMCE y la PSU se toman los tiempos y los espacios. No logramos entender el deporte como un patrimonio cultural de la humanidad, las leyes demoran años y se perpetúa la perdida de talentos porque no hay garantías de que a través del deporte el país disminuya sus desigualdades sociales.