Las emociones

No existe una conducta humana que no posea emoción; toda expresión es emoción, nos comunicamos y existimos en ellas y por medio de ellas. En educación, quien interactúa con niños sabe que actúa directamente con emociones. Las emociones, preceden a los sentimientos, siendo estos últimos una construcción más “pensada” de las reacciones emocionales de los seres humanos, frente a estímulos internos o externos. Los profesores sabemos de las reacciones “sin pensar” de los adolescentes, que biológicamente completan el desarrollo total del lóbulo frontal del cerebro alrededor de los veinte años. Antes de eso es difícil para ellos prever las consecuencias futuras de sus reacciones emocionales. Es interesante observar que nuestra sobrevivencia se debe en gran parte a la protección amorosa que hacemos entre los iguales, y cuanto más cerca el parentesco, más fuerte la necesidad de proteger, más intenso el lazo emocional. ¿Por qué? Porque proteger a mi igual es asegurar mi “inmortalidad genética”, y eso forma parte de lo que conocemos como naturaleza humana, aquello que está presente en todos nosotros, independiente del contexto cultural. Según Maturana, vivimos inmersos en una cultura que desvaloriza las emociones desde la hipervaloración de lo racional, y al mismo tiempo está emocionalmente centrada tanto en la desconfianza que busca certidumbre en el control, como en la codicia que lleva a apropiarse de todo, ciegos ante las consecuencias que tal modo de vivir trae consigo. Pero no somos felices, y vislumbramos con más o menos claridad y angustia que tal modo de vivir nos lleva a la destrucción tanto del sentido espiritual y ético de nuestra vida como del mundo natural que nos dio origen y hace posible nuestra existencia como seres humanos. La razón, muchas veces, nos enfrenta en discusiones discriminatorias e insensatas y, muchas veces también, nos impide reconocer que en todos estos siglos de razón no nos ha sido posible darnos cuenta de que en la emoción somos todos iguales en la risa, la tristeza, el miedo, la angustia, o el amor. La utilidad de la razón debería estar en reconocer nuestras emociones para darnos cuenta que nos parecemos mucho más de lo que creemos.

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