Juego Competitivo

Si bien es cierto que muchos investigadores y autores han concluido que el deporte tiene como base una concepción de juego, o que por lo menos ambos conservan características comunes, no es menos cierto que el deporte como lo conocemos hoy, dista mucho de ser un juego. Según entiendo, juego competitivo es una contradicción conceptual, debido más que nada a que si utilizamos tanto el sentido común como algunas definiciones argumentadas por científicos como el biólogo Humberto Maturana no podríamos jugar al mismo tiempo que competimos. Jugar es una acción que no busca recompensa alguna, salvo el placer de jugar. Competir, en cambio busca ganar algo, sobre todo ganarle a otro. Cuando un niño juega, ni siquiera le interesa quien está mirando o lo que dirán por el resultado de su juego, por eso él podría estar jugando hasta simplemente cansarse. Cuando un niño compite, (y que a propósito no es elección del niño sino un adulto que influye en sus elecciones y/o conductas,) está más preocupado por los resultados de dicha competición que por el placer de ejecutar las acciones. Sin entrar en detalles, cuando jugamos a las cartas sobre una mesa, no importa mucho quien hace las mejores jugadas, si me aburro me retiro y no pasa gran cosa. Cuando comienza la competición, el cerebro y el ambiente se reconfigura, ahora mi cuerpo es invadido por otras hormonas que me disponen a la agresividad, porque de hecho sino no soy agresivo (no violento) difícilmente voy a ganar alguna competición. El juego es una actividad natural al desarrollo de todos los animales, y nosotros lo somos, en el proceso de transformarnos en individuos identificados con nuestras emociones y sentimientos, dentro de una determinada socio-cultura. En esta actividad necesaria, no debe existir el riesgo, o por lo menos no debería, porque lo que el juego busca está más allá de las intenciones de eliminar a otro. Por ello un niño es feliz jugando solo, ensimismado con el placer que le causa el descubrimiento de un objeto o acción. Los educadores debemos preocuparnos con ofrecer al niño infinitas posibilidades de juego, evitando la competición que lleva, muchas veces, a no querer jugar nunca más.

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