JUDITH PÉREZ ZAMORA

“¿A dónde van las palabras que no se quedaron?”

Desperté temprano hoy, con un coro en mi mente, acariciando mi alma. Voces lejanas que han venido a despertarme. La primera vez que escuché el coro del Liceo Galvarino Riveros Cardenas de Castro fue en uno de sus ensayos, me quedé en silencio, como hoy. Mientras escuchaba veía también como una profesora los retaba con cierta particularidad, pero a pesar de la rigurosidad no sentía tensión, yo era un profesor joven que recién comenzaba el largo aprendizaje de la pedagogía, y estar cerca de Judith y escuchar al coro me tranquilizaba. Fue amor a primera vista. Era maravilloso escucharlos. Quizá siempre quise cantar, pero no tuve la suerte de que en mi infancia o adolescencia una profesora como Judith me “descubriera” o me “inventara”. Porque esa era una de sus magias. Descubrir en el alma de cada niño o niña ese potencial de cantar “como los dioses” y si no lo tenías, te lo inventaba y te hacía creer lo increíble. Tierna, amable, severa, contradictoria, ¿medio loca?, ¡siempre a su manera! Los que tuvimos la suerte de estar cerca de ella, sabíamos que no sería fácil emular su dedicación a la pedagogía. Un día ese coro tuvo que ir a un encuentro, creo que fue en Valdivia. Judith me invitó como jefe de delegación. Y ocurrió un detalle que me hizo confirmar quién era Judit Pérez Zamora y quienes eran los que cantaban bajo su dirección: en la programación de coros de liceos no aparecía el nombre del Galvarino Riveros, entonces fui y le dije: “Profe, el nombre del liceo no está en la programación”, a lo que ella contestó: “Fíjese bien pues mijito, pero en la programación de coros de universidades, de adultos… ¿con quién crees que andas?” Esa era ella, convencida que su coro era el mejor del mundo, y no era la única en pensar así, por algo aquella vez ellos compartieron escenario con los mejores coros de Chile. ¿Y las veladas en la Catedral en Navidad? Un canto al cielo, a las estrellas, a todo el universo. Las voces de sus niños podían doblar al más rudo de los corazones. Sus sufrimientos jamás los publicó al mundo, pocos supieron de sus dolores, sueños y esperanzas, no vivía para ella, vivía para sus niños y niñas. Al menos eso conocí yo. Quizá qué travesuras andarás haciendo ahora por “allá arriba”, porque si algo recuerdo de ti, es tu sonrisa y tus ganas de que la vida fuera siempre alegre. Millones de veces, el viento congelado del sur secó tus lágrimas. Millones de veces te quedaste en silencio frente a las injusticias de tu vida. Millones de veces, te tragaste el orgullo y el dolor, solo para que otros continuaran alegres su camino. Sinceramente no recuerdo que nos hayamos despedido. Pero de ti aprendí que un corazón humilde no necesita de despedidas honorificas, aun así creo que no te despedimos como merecías. Tu nombre, tu mirada profunda y tu sonrisa se quedarán dibujadas a fuego en mi alma. Agradezco a la vida que me haya brindado la oportunidad de haber conocido, compartido y crecido junto a ti.

Profe, amiga, consejera, firme y sincera, jamás me ocultaste mis errores, y tuviste la valentía y fuerza para indicarme el camino correcto. Nos llenaste de luz y nos trazaste un camino. Hoy te brindo mis pensamientos y estas palabras que no alcanzan para llenar este silencio. Alzaré una copa de vino y dispondré mi espíritu repasando una a una tus melodías y canciones. Y mientras la luz el sol abandona este día escucharé las voces de tus niños y niñas perderse en viento.

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