Homo Ludens

 

Este es el título de un libro escrito por Johan Huizinga (1872-1945) en 1938, en el cual expresa la importancia del juego en el desarrollo de las culturas, indicando que el juego precede a la cultura ya que lo animales no esperan que los seres humanos les enseñen a jugar. Homo Ludens significa “hombre que juega” y el autor creó dicha expresión para fundamentar que Homo Sapiens (hombre que piensa) y Homo Faber (hombre que fabrica), no son suficientes para explicar y entender la conducta humana. Son indudables los aportes del juego en el desarrollo humano. Stuart Brown (2008) demostró que los asesinos en serie o la mayoría de las psicopatías, tienen en común que los sujetos que las padecen no jugaron en su etapa infantil, y que, por lo tanto, no habrían generado la empatía necesaria para ponerse en el lugar del otro, y así evitar un crimen. Los niños, como ya sabemos, juegan espontáneamente (excepto los que sufren la negación de su infancia con violencias provenientes del mundo adulto). Los niños, como la mayoría de los animales, utilizan el juego para desarrollar habilidades fundamentales de sobrevivencia e identificación con su especie y su cultura. En fin, jugar es tan importante como respirar o alimentarse, por lo menos si queremos una vida y una sociedad relativamente sana. ¿Cuánto jugamos hoy? Casi nada. Nos hemos ido transformando en personas “serias” y por no jugar, cada día más enfermos. Es interesante darse cuenta que muchas personas “saben” que jugar es importante, pero aun así no juegan. Dicen estar demasiado ocupados. Por otra parte en los años ’90 la Reforma Educacional chilena, al establecer la Jornada Escolar Completa, buscaba que los colegios crearan espacios y actividades precisamente para incrementar la socialización recreativa. ¿Y que hicimos? Más horas de materias y estudios. A eso le sumamos que los espacios naturales han ido desapareciendo por el crecimiento de las ciudades y estas creaciones urbanas rara vez consideran áreas de juegos, especialmente para los niños. Hoy más que nunca se hace necesario recuperar tiempos y lugares para jugar. Cuando jugamos nos humanizamos, recuperamos la confianza, acercándonos como los niños, sin importar los colores de la piel o nuestras creencias políticas o religiosas.

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