Forma y Fondo

La forma afecta al fondo, siempre, no hay salida. No es lo que decimos lo que produce cualquier emoción, es cómo lo decimos. Esto es, qué hacemos mientras decimos lo que decimos. No es lo mismo decir a un niño: “Tú sabes que te amo”, mientras miramos la televisión o leemos el diario, que decir las mismas palabras mirando con ternura e infinito amor a sus ojos, tomar con nuestras manos su rostro y con voz suave hacerle SENTIR que él o ella es la persona más linda e importante de nuestra vida. Es lo que algunas veces sucede en nuestras clases de Educación Física, y no estoy diciendo que sea con intención de herir que a veces hablamos o actuamos sin considerar como afectaremos a la otra persona, pero nuestra actitud corporal contradice, muchas veces lo que dice nuestro discurso oral. Debemos tener en cuenta que nuestras actitudes, nuestra “forma de ser”, será más relevante para nuestros niños y niñas que el propio contenido de la clase. Y esto lo sabe cualquier profesor que haya experimentado en su vida profesional las alegrías y tristezas del cotidiano vivir junto a sus alumnos. Al final de cuentas, lo que da sentido a nuestra propia existencia es el diálogo, la comunicación sincera con otros, que nace a la luz de las emociones y que nos lleva a sentir y saber que el día vivido valió la pena. Pero, ¿Cómo se aprende a hacer esto? ¿Cómo desarrollamos estas actitudes en nuestros alumnos? Este tipo de actitud necesita contenidos que la Educación Física puede utilizar a partir de una mirada menos técnica, menos utilitaria si se quiere, y más holística, más humana, en el sentido de ofrecer a las personas medios a través de los cuales puedan expresar dichos sentimientos. En el fondo, el problema no es el contenido o la actividad, sino la forma como desarrollamos ese contenido, y no tiene que ver con los medios didácticos o metodológicos: somos nosotros con nuestra sensibilidad humana frente a la sensibilidad de otro ser humano, que, generalmente, lo que más espera es un gesto de paciencia y cariño. Para eso a veces solo hace falta detenerse y respirar profundo, pensar que no tenemos todas las respuestas y que mañana, con o sin nosotros, el mundo seguirá girando y que vale más un abrazo y un beso, que una corrección o un castigo pretendiendo enseñar algo.