Espíritu Deportivo

“Vencer sin humillar, perder sin rencor, aceptando la derrota como lección que conduzca a la auto-superación; respeto absoluto con el adversario, fraternidad dentro y fuera del terreno de juego; acatamiento de las decisiones de los jueces, aun en los casos en que se equivoquen claramente”. Esto es lo que el deporte, en una perspectiva pedagógica, lúdica y educativa, debiera enseñarnos, dejar como herencia para el resto de nuestra vida. Muchos profesores de Educación Física, entendiendo que su primera obligación es educar, priorizan el desarrollo de este espíritu deportivo por sobre la obligación de ganar siempre. Al otro lado de la vereda están los profesores o instructores que trabajan pensando solo en obtener victorias, muchas veces no midiendo las consecuencias futuras de sus acciones. Un educador no debe inculcar a niños o niñas a ganar a toda costa y pasando por sobre las reglas y principios de la sana convivencia deportiva. Un educador está siempre pendiente de que sus estudiantes no se hagan daño ni dañen a otros mientras participan de un encuentro deportivo. Para que un deportista sea reconocido como un “grande del deporte” no basta que juegue bien o sea una estrella en la actividad que practica. La sociedad reconoce como “grandes deportistas” a aquellos que han dejado huella no solo en la cancha, sino también en el corazón de muchas personas por su ejemplo de conducta dentro y fuera del campo de juego. También es reconocido por sus pares como un rival respetable y respetuoso, transformándose en ejemplo de vida para muchos niños y niñas. Los “grandes” son reconocidos así porque han trascendido la propia práctica deportiva, postergando muchos de sus deseos personales por la alegría de otros. En la cancha son los que “reciben” y nunca “dan”, responden con silenciosa dignidad golpes e insultos, muchas veces provocados por la propia impotencia de un adversario que no logra doblegarlo. Un grande nunca espera reconocimiento, pero reconoce cuando está frente a otro grande y, sobre todo, está plenamente consciente que su práctica deportiva es solo un momento más de tantos que ha tenido y tendrá en su vida, por eso no se detiene a analizar derrotas o victorias, simplemente juega como un nuño sumido en el placer de la diversión y en la gratitud de poder compartir junto a otros un espacio-tiempo lleno de vida. No cultivan la vanidad ni se pierden en un falso orgullo. No viven para el espectáculo, pero engrandecen el espectáculo con su sola presencia. Se han ganado el respeto no porque juegan bien, sino porque son creíbles en sus principios y valores, y, cuando compartimos con ellos, dentro o fuera de la cancha, nos hacen sentir que por sobre todas las cosas, entienden el deporte como un camino para ser más humildes y mejores personas cada día.

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