Educar las pasiones

El problema no es discutir ni discrepar, sino agredir y descalificar. El problema no es disentir sino negar al otro en su legítimo pensar diferente. Uno de los principales problemas que tenemos es que no sabemos, no hemos aprendido a llevar una discusión si confundir lo personal con las razones que fundamentan una discusión. Pero, ¿se enseña esto en la escuela? Enseñamos a discutir, analizar, fundamentar, argumentar, explicar. Muchos, a pesar de sus grados académicos suelen confundir explicar con justificar y esto se debe, generalmente a una confusión respecto de tales conceptos. A los jugadores les cuesta aprender (¿es que alguien se da el trabajo de enseñarles?) que, en cuanto juegan o compiten no les corresponde discutir los cobros del árbitro. Algunos colegios organizan debates entre estudiantes con el fin de aprender este dominio del conocimiento, pero no debería ser una exclusividad de tales eventos. Según creo, el debate, el análisis de tal o cual fenómeno de la naturaleza o la cultura debiera ser una práctica común en las salas de clases, transversal a todas las disciplinas, porque precisamente esa es la esencia de la pedagogía: la dialéctica. Esto es, el dialogo, la conversación y no lo que usualmente vemos en muchas clases, casi muy cercano a la antigua metodología del dictado. Algunos aún piensan que una buena clase es una con mucho silencio y pocas preguntas. Pues en una pedagogía dialéctica es todo lo contrario. Ruido y preguntas que van y vienen, ansiosas de respuestas, verdaderas o inventadas. Los grandes creadores saben de la importancia de esta dinámica para el uso total del cerebro. Pero más importante que el ejercicio intelectual, es que este tipo de educación es necesaria para la temperancia de nuestras pasiones, nuestros deseos. Si no fuera por este tipo de educación nos “comeríamos” a gritos y arañazos. En este tipo de educación no solo se aprende qué decir, sino también cuándo, cómo y a quién decírselo. Hay respuestas que no son para todos. O lo que es lo mismo, no todos están preparados para el mismo tipo de respuesta. Pero, por lo que podemos ver a diario, desde la vida cotidiana hasta altas esferas políticas, no hemos desarrollado esta educación. Nos cuesta expresar lo que pensamos sin herir al otro, y, especialmente, nos cuesta aceptar que el otro piense diferente.

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