De errores y aciertos

¿Quién está “entrenado” para la vida? ¿Quién sabe cómo nunca equivocarse? ¿Quién sabe siempre lo que tiene que hacer? ¿Dónde ir? ¿Con quién vivir? ¿Cuándo morir? Si existe alguien así me lo presentan por favor. Ya quisiera yo el talento, el don divino, la omnipotencia de saber, con toda certeza, la capacidad de distinguir cómo, cuándo, dónde, con quién, cuanto, debo hacer para NO equivocarme… y para decirle a mi hija todo eso y su vida sea una “plenitud” de paz, alegrías y seguridades. Tal cosa no existe y, de existir, que gris sería esa vida. Porque hasta donde puedo entender, la vida misma es una búsqueda de verdades y creación de caminos que aparecen y desaparecen conforme el día y la noche nos van mostrando que nunca estará todo dicho. La propia filosofía fue inventada (¿o descubierta?) para que el ser humano tuviera faros que iluminaran las tempestuosas costas, para ver desde “lejos” los precipicios y las cavernas donde duermen los monstruos más terribles. Pues es viviendo que descubrimos que las respuestas “esenciales” no estaban en los libros ni a la vuelta de la esquina, tampoco en las universidades. Había que inventarlas, crearlas en el precario e incierto destino. Lo único cierto es lo incierto. Pero precisamente, como no sabemos a priori por donde ir o qué hacer cuando las emociones afloran, hemos creado leyes para que el hombre no termine siendo el lobo de ese mismo hombre. Y si algo nos cuesta ver, es que de las pocas cosas que podemos llevar para afirmar nuestra vida es la dignidad y esta no tiene que ver con NO cometer errores, sino en asumir las consecuencias de los errores que cometemos. Y si hay una educación que vale la pena es aquella que nos ayuda a aprender eso. Y pasa que hoy por hoy a casi nadie le importa lo que le pasa al vecino, seguimos asesinando seres humanos como si de un deporte se tratara y la frase que más se escucha es “no es mi problema”. ¿Cómo educar en todos nosotros que lo que le pasa a la humanidad es problema de todos? Asumamos humildemente que no podemos vivir la vida de otro, pero como un amigo me dijo alguna vez: “no quiero entender lo que te pasa o lo que has hecho, pero quiero acompañarte para que tu duelo no sea tan lastimero y la carga sea más liviana de llevar”. Aprender a disculparse es importante y luego de la disculpa asumir, con dignidad, que los errores tienen consecuencias y que esas consecuencias son las que nos enfrentarán a nuestro propio destino.

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