Competición y Ética

 

Las cosas no tienen valor en sí mismas, es el ser humano en su visión de mundo que le otorga valor a dichas cosas. Y este valor está determinado por las circunstancias de vida de cada uno, por ello no es justo evaluar desde una sola perspectiva dichas situaciones. Lo que sí debo tener claro es que el camino o decisión que tome me debe llevar a actuar en consecuencia. La competición hace parte de la cultura humana y del resto de los animales, lo que a mi juicio debemos decidir es: ¿por qué competir? ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Con quién? Es decir, las mismas preguntas que creo debemos hacernos para cada una de las “cosas de la vida”. Son las razones por las que competimos las que hacen la diferencia. Esto, a mi parecer, es muy importante puesto que no existe fenómeno humano que no conlleve códigos simbólicos ocultos que no muchos consiguen leer. Es decir, hay que tener claro cuál es el fundamento que permite la existencia de dicho fenómeno, en otras palabras, cuáles serían las consecuencias colaterales, más allá del beneficio de quienes practican el fenómeno. Y la competición se fundamenta en la exclusión de otro, es decir, para que exista la victoria necesariamente debe existir la derrota. Y cuando se dice que eso nos educa para la vida, hay que tener presente que en esta vida, generalmente, los que pierden siempre son los mismos, y que toda competición establece reglas desde el dominio de un poder dado por quienes, generalmente también, poseen las condiciones para tales dominios. La pregunta es: ¿puedo seguir bailando mientras otros sufren y lloran el frío y el hambre? Puedo, pero no debería. Ya que me asiste un imperativo ético que dice relación con un principio de sobrevivencia biológica: si las células de mi cuerpo compitieran por una supuesta supremacía dentro de mí, como especie ya habríamos desaparecido. Esto me lleva al asunto de la homeostasis, necesaria para la sobrevivencia. El deporte tiene su lugar en la cultura, la competición también tiene su lugar en la naturaleza. Sin embargo, es interesante observar que en las competiciones entre animales no hay árbitros. Pareciera ser que el animal “sabe” que todo acto competitivo tiene límites y no necesita que otros le digan cuando parar, a riesgo de perder la propia vida o la de alguien más.

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