Estados Alterados de Consciencia

Existen varias formas de drogarse, entendiendo por droga, todo elemento externo que ingresa al organismo y que produce una modificación del estado físico/orgánico del cerebro y que le permite centrarse en las sensaciones de placer eminentemente individualista, evadiendo o distrayendo su responsabilidad en la transformación de la realidad. Esta situación suele conocerse como “estados alterados de consciencia”. Algunos agentes estimuladores de estos estados son: enamoramiento, mariguana, deporte competitivo, etc. En estado de máxima excitación, el cerebro es invadido por neurotransmisores sobrecargados de endorfinas, una hormona que eleva la sensación de bienestar y placer, consecuentemente el individuo “siente” que todo está bien: ¿Cómo va estar sucediendo algo malo si me siento feliz?

Para el sistema cultural dominante (léase mercado neoliberal), es conveniente mantener a la población en un “estado alterado de consciencia”. El individuo, en este estado, se encuentra imposibilitado de “darse cuenta” de la manipulación que se ejerce sobre su voluntad, por lo cual es relativamente fácil tomar decisiones por él y utilizar el “momento” para venderle una situación social que lo mantendrá convencido de que “todo está bien” y que debe dar gracias al sistema que le otorga tales estados de placer. Poco importa que al “despertar” le invada una leve desesperación al enfrentarse a los compromisos, generalmente económicos, con el mismo sistema que acaba de comprar su voluntad… solo hay que esperar que el proveedor de la droga en cuestión les facilite una nueva dosis, ojalá más contundente que la anterior. Así, el circulo vicioso se transforma en una espiral que, por lo general, termina con un individuo des-estructurado emocionalmente, fácil de manipular, y entregado completamente al uso y abuso de los sistemas de poder dominante.

EL mito de la competición

EL mito de la competición

Aun no encontramos la forma de vivir en sociedad que no sea compitiendo…o quizá sabemos, pero el orgullo y la vanidad no nos dejan. Buscamos ser mejores sin darnos cuenta que para ello no necesitamos ganarle a nadie. Bueno, algunos puede que necesiten ganarle a otro para sentir que han ganado algo. Ya la vida en sí misma es una gran faena como para sentirse ganador al despertar cada mañana… pero claro, a veces ya se es demasiado viejo para darse cuenta de eso y aprender a disfrutar de las cosas simples de la vida…como la compañía de un amigo o la pareja o la efervescente sonrisa de un niño. El asunto se torna más complejo cuando, entre tanta contradicción conceptual, a los niños y niñas se les pide que sean cooperativos, que compartan con sus compañeros, mientras se les evalúa individualmente y se les motiva, precisamente, a ser mejores que el otro (¿?). Los premios a fin de año son para los que se han ganado un puesto entre las mejores calificaciones, el mejor compañero, la más brillante, a la usanza del “citius, altius, fortius” griego. Buscamos como destacar a quien se alza por sobre los demás, nada malo habría en ello si se considerara que no todos poseen ni las mismas oportunidades ni las mismas condiciones para competir. El mundo, la vida, es decididamente injusta al respecto. Empecé a competir (atletismo) cuando tenía unos 12 años más o menos, más bien me llevaron a competir, alguien me vio correr en la calle y pensó que yo podría ganarle a alguien en una pista. Lo que nadie podía saber, ni yo mismo sabia, es que cuando corría en la calle era por pura y efervescente diversión, la pista de recortan no me causaba ninguna gracia. (admiro y respeto que a otro si) Me hicieron competir hasta más o menos los 20 años cuando conocí la GRF (interesados al respecto de que es la GRF buscar en:  https://luislinzmayer.com), una forma de aprender divirtiéndose y aun sin competir, sudando mucho. Dejé el atletismo, regalé mis tres medallas, dejé todo deporte competitivo y me puse a descubrir que había en aquellas actividades humanas que no formaban parte del mundo competitivo. Uno de los descubrimientos fue que compitas o no, si quieres algo bueno en tu vida, debes trabajar duro, la única diferencia es que no te darán un premio por eso. Hemos sido tan ciegos respecto de la competición que no observamos que es un mito. Es decir, podemos ser tan libres o soberanos compitamos o no. Y, como buen mito, algunos creen en el como la única alternativa de superación, de ser alguien, de alcanzar la inmortalidad. Nos hemos contaminado de tal manera que ya se naturalizó (en todos los idiomas) la expresión “gobierno y oposición” (¿cómo sería si el lenguaje, creador de realidades, expresase: “gobierno y colaboración”?) Queda mucho espacio en la colaboración como para que los méritos se los lleve cualquiera, y es a lo que le temen los que no sabes perder. Pero si reducimos la vida a los actos de ganar y perder, no podremos visualizar los aprendizajes que hay en medio, entre la vida y la muerte, especialmente si vemos la muerte como un acto de perdida. Nada hay más allá de aquello que connotamos como “victoria”, ni nada menos acá de aquello que llamamos “derrota”, es decir, la vida sigue, igual, mejor o peor que antes, todo es cuestión de perspectiva, como las expresiones escritas en este pequeño ensayo, eso nada más… una simple y llana perspectiva de alguien que eligió no competir para ser algo o alguien en la vida.