Fracasos y Aprendizajes

Personalmente me inclino a pensar que los fracasos no existen, solo aprendizajes. Los grandes genios tuvieron que intentar millones de veces antes de que su invento diera el resultado que esperaban. Y no se les ocurría pensar que fracasaban sino que aprendían lo que no debían hacer, los errores que no debían volver a cometer. Errar no es fracasar. Equivocarse es simplemente la más humana de las experiencias de aprendizaje, especialmente del aprendizaje significativo, y cuando dura toda la vida hablamos de un aprendizaje trascendente. Pero la escuela no es muy proclive a aceptar los errores como parte del aprendizaje. Generalmente estos errores se castigan, y cuando el castigo es humillante, el aprendiz no desea volver a intentarlo nunca más. Entonces, ¿cómo hacemos del error una de las mejores formas de aprendizaje? Ayudando a que el aprendiz intente la cantidad de veces que sea necesario. Pero, ¿la escuela da tiempo para eso? ¿los profesores nos damos el tiempo para que cada estudiante aprenda en sus ritmos y tiempos? La verdad que en una era que se caracteriza por buscar la eficiencia, los errores no tienen mucho espacio para expresarse. La pedagogía, aquella que entiende la educación como proceso que no termina nunca, debe asumir la responsabilidad de considerar la equivocación, especialmente de niños y niñas, como el eje central de las acciones didácticas; las metodologías orientadoras y no las direccionales son las que ayudan a que el error se manifieste como posibilidad de aprendizaje. De esta manera podemos pensar que el fracaso es exclusivamente una expresión del ánimo, de la falta de motivación. Es decir, podemos sentirnos fracasados cuando definitivamente dejamos de intentar alcanzar el sueño que motivaba nuestros proyectos. Por ello es tan importante jugar. En el juego, sobre todo aquel que no tiene tantas reglas, podemos equivocarnos sin temor al castigo, incluso podemos modificar las reglas si queremos aumentar las sensaciones de riesgo o placer. Desde ese punto de vista, nos falta jugar un poco más. Nos hemos vuelto demasiado serios, evitando a toda costa equivocarnos y, consecuentemente, evitando aprendizajes que duren toda la vida.

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