RESUMO

As emoções, fundamento do comportamento humano, permitem reconhecermos como seres pertencentes a uma mesma espécie e, nesse reconhecimento, coordenar nossas ações para concordar ideias, sentidos e significados e desenvolver-nos na cooperação do trabalho comunitário, respeitando a diversidade cultural. É uma cultura que baseia suas dinâmicas relacionais humanas no respeito do outro como legitimo outro e na geração de ambientes de colaboração e afeto e na diminuição das figuras de poder e ausência das hierarquias hegemônicas, possibilitando a criação de uma sociedade mais justa e democrática. O artigo mostra a importância das emoções nos processos de ensino e aprendizagem no âmbito da educação física escolar em uma perspectiva sócio cultural das intervenções pedagógicas da área.

 

ABSTRACT

The emotions, the basis of human behavior, allow us to recognize ourselves as beings belonging to the same species and in this recognition, coordinate our behavior to agree ideas, feelings and meanings, developing in cooperation, respecting cultural diversity. Matríztica culture is a culture that bases its human relational dynamics in respect of the other as other legitimate and generation of collaborative environments and affection and declining figures of power and lack of hegemonic hierarchies, enabling the creation of a more just and democratic society. The article shows the importance of emotions in the teaching and learning in the field of physical education in schools in a sociocultural perspective of educational interventions in the area.

 

Uno de los problemas que se presentan en los procesos educativos escolares es que nosotros, educadores, trabajamos con y en el conflicto humano de dar sentido a la existencia como seres vivos involucrados en un macrosistema en constante evolución. Considerando ello, la Educación Física adquiere una especial relevancia en el desarrollo de una actitud positiva y afectiva frente a los acontecimientos diarios, que permita al individuo moverse con éxito por las diversas circunstancias de la vida. Por otra parte, nuestra existencia se manifiesta a través de nuestra presencia física en el mundo, presencia que nos define como individuos y seres humanos que pertenecen a un momento histórico vivenciado en una realidad socio-cultural especifica, y debiera ser responsabilidad fundamental de los educadores, particularmente en el área de la Educación Física, permitir al ser humano expresarse en toda esa manifestación existencial y no solo como un componente físico, estimulando casi exclusivamente de las variables físico-orgánicas o motoras. En esa perspectiva el niño/niña o joven, generalmente, no se reconoce como ser cultural, con características propias y con una historia individual que lo lleva a mirar el mundo también de forma particular, perdiéndose la oportunidad del valor formativo de sus emociones, desconsiderando la otras dimensiones de su personalidad. En una perspectiva físico-orgánica, lo que interesa es la reproducción de patrones motores y el rendimiento físico como maquina que produce y consume energía y no lo que él individuo es capaz de integrar como ser humano que siente y piensa diferente. En una Educación Física en la que se objetiva el predominio del desarrollo de las capacidades biológicas, las habilidades sociales y emocionales quedan en un segundo plano. El niño/niña o joven es tratado como objeto y no como sujeto, creador de su propio proceso de aprendizaje.

El niño o niña adquiere esta condición (objeto) cuando no se respeta su vulnerabilidad física, intelectual, espiritual y social y se le manipula en función de intereses ajenos a su libertad, generalmente derivados de complejos, frustraciones y sueños no cumplidos de los adultos. Esto es, el niño es objeto de estudio, objeto de análisis, objeto de castigo, objeto de aprendizaje, objeto de competición, objeto de rendimiento, objeto de test físicos o psicológicos, objeto de representación de ideologías políticas, religiosas, pedagógicas, etc. La Convención de los Derechos del Niño (26 de enero de 1990), establece en su Artículo 3° que la consideración más importante en todas las circunstancias siempre será a favor de los intereses del niño o niña. En la misma Convención se indica que resulta esencial que los niños dispongan de la información necesaria sobre las opciones que existen y las consecuencias de tales opciones, para que así puedan tomar decisiones con pleno conocimiento de causa y libremente. Esto implica no colocar ninguna propuesta, idea o actividad por sobre los intereses del niño o niña y no se justifica, salvo bajo circunstancias médicas, la medición o evaluación de sus condiciones, capacidades y habilidades físico-orgánicas. Cuando se intervienen niños, utilizándolos como conejillos de indias, para averiguar la utilidad de un test físico o de un programa de estimulación motriz, lo que estamos haciendo es no respetarlos en su propia integridad, utilizándolos como objetos de uso y abuso de poder y no como sujetos creadores de su propia historia. La libertad de un ser humano parte de la base del respeto por su condición vulnerable frente a las circunstancias de la vida y pocos seres son tan vulnerables como los niños, manipulados por las circunstancias y por adultos inescrupulosos que buscan a través de ellos justificar sus propias frustraciones o sueños. Y cuando no respetamos esta condición vulnerable, no respetamos la libertad que tiene el sujeto de negarse a la manipulación. Maturana nos indica que el respeto del otro como legitimo otro, pasa por preguntarse si lo que hacemos por ese otro tiene que ver con él o con lo que yo queremos para nosotros desde él. En el afán de conseguir demostrar una teoría o de conseguir medallas, muchas veces no medimos consecuencias. Los niños y niñas no son objetos que podamos manejar a nuestro antojo. Es una falta de consideración a su humanidad utilizar su inocente voluntad con fines de rendimiento, de performance. Los niños, quizá como todos nosotros, solo quieren jugar, divertirse. Aun estando conscientes de la importancia del deporte en el desarrollo de niños y niñas en edad escolar, se debe tener en cuenta que los procesos de entrenamiento pueden poner en riesgo el deseo por continuar practicando un deporte determinado, si le exigimos un rendimiento más allá de sus capacidades físicas y emocionales. Si bien los padres tienen derechos legales sobre sus hijos, es importante preguntarse sobre los derechos morales, porque tenemos la costumbre de exigirles que hagan cosas que nosotros nunca hicimos, depositando en ellos la responsabilidad de un futuro mejor. Para que un niño deje de ser objeto y se transforme en sujeto, es necesario liberarlo de nuestras convicciones y manipulaciones, reconociendo que sus vidas no nos pertenecen, colocando nuestros esfuerzos en función de ayudarlos a reconocer y crear su propia integridad y visión de mundo, respetando y cuidando de su integridad, paz y bienestar físico, emocional y social.

Cultura Matriztica

El concepto matriztica hace referencia a una situación cultural en la cual la mujer tiene una presencia mística que implica la coherencia sistémica de confort, alejado de lo autoritario y de la actitud de poder. Es contraria a la palabra matriarcal y patriarcal, en una cultura en la cual las mujeres tienen el rol dominante. la palabra matriztica es utilizada para referirse a una cultura en la cual, hombres y mujeres pueden participar de un modo de vida centrado en la cooperación sin luchas de poder, precisamente porque la figura femenina representa la consciencia no jerárquica del mundo natural al cual pertenecemos los seres humanos, en una relación de participación y confianza (MATURANA, 2003, p.19). Según el autor, no tenemos acceso directo a esa cultura matriztica, sin embargo por los restos arqueológicos encontrados en la zona del Danubio, la red de relaciones humanas que la constituía puede ser reconstituida a partir de lo que es revelado en la vida cotidiana por aquellos pueblos que aun la viven y por las conversaciones no patriarcales de hoy.

Hoy, en la clase tradicional de Educación Física podemos observar como en las dinámicas pedagógicas se establecen orientaciones femeninas y masculinas, reforzando las características de una cultura que establece su dominio desde las figuras de poder, generalmente relacionadas con la fuerza física, el desarrollo de capacidades y habilidades corporales. Una clase de Educación Física Escolar que orienta sus contenidos por el sexo de los alumnos y determina actividades diferentes para niños y niñas, conformando de esta manera comportamientos específicos masculinos y femeninos, alimenta el prejuicio de “fuerte” (hombre) y “débil” (mujer), ya que supuestamente las niñas no deben realizar actividades consideradas masculinas y los niños no deben realizar actividades consideradas femeninas. En este sentido se puede afirmar que hay una construcción cultural del cuerpo femenino diferente de la construcción cultural del cuerpo masculino (DAOLIO, J. 1995 p.19); todo esto sin considerar todavía que en muchas escuelas, durante la clase de Educación Física, se separa a niñas y niños, impidiendo de esta forma un crecimiento en el respeto, comprensión y tolerancia mutua.

Todo esto nos lleva a reforzar comportamientos de obediencia y poder, en los cuales las actitudes de acoger, ternura, cariño, afectividad y amor son caracterizados como conductas femeninas y se estimula en los hombres las actitudes de fuerza física y protección de la prole, mandato y dirección de las decisiones, actitudes y acciones típicas de la cultura patriarcal.

Entonces, en el equilibrio de derechos y deberes, de razones de existencia, sentidos y significados, Maturana propone la recuperación de esta cultura matriztica para lo cual se necesita que los ambientes que se generen en los espacios educativos, deben considerar el lenguaje de emociones que nos acerquen al dialogo, el respeto y la aceptación de la diversidad cultural. Para que esto ocurra al interior de una clase de Educación Física, el profesor debe desprenderse de su función de técnico y visualizar su responsabilidad ética en la conformación de un ciudadano responsable y comprometido en acciones que visen la cooperación y disminuyan aquellas actitudes competitivas que nos llevan a enfrentamientos negativos y divisorios. Esto es, modificar los parámetros tradicionales con los cuales ha venido desarrollándose la Educación Física al interior de escuelas y liceos, revisando los paradigmas que fijan pautas de comportamiento de obediencia y sumisión.

 

El valor de la emociones

No existe una conducta humana que no posea emoción; toda expresión es emoción, nos comunicamos y existimos en ellas y por medio de ellas. En educación, quien interactúa con niños sabe que actúa directamente con emociones. Las emociones preceden a los sentimientos, siendo estos últimos una construcción más “pensada” de las reacciones emocionales de los seres humanos, frente a estímulos internos o externos. Los profesores sabemos de las reacciones “sin pensar” de los adolescentes, que biológicamente completan el desarrollo total del lóbulo frontal del cerebro alrededor de los veinte años. Antes de eso es difícil para ellos prever las consecuencias futuras de sus reacciones emocionales. De ahí la importancia del estímulo y desarrollo de un ambiente que permita la libre expresión de emociones También es interesante observar que nuestra sobrevivencia se debe en gran parte a la protección amorosa que hacemos entre los iguales, y cuanto más cerca el parentesco, más fuerte la necesidad de proteger, más intenso el lazo emocional. ¿Por qué? Porque proteger a mi pariente más cercano es asegurar mi “inmortalidad genética”, y eso forma parte de lo que conocemos como naturaleza humana, aquello que está presente en todos nosotros, independiente del contexto cultural. Hay que recordar que en el proceso evolutivo las emociones son fundamentales en la sobrevivencia y desarrollo de la especie humana.

Según Maturana, vivimos inmersos en una cultura que desvaloriza las emociones desde la hipervaloración de lo racional, y al mismo tiempo está emocionalmente centrada tanto en la desconfianza que busca certidumbre en el control, como en la codicia que lleva a apropiarse de todo, ciegos ante las consecuencias que tal modo de vivir trae consigo. Pero no somos felices, y vislumbramos con más o menos claridad y angustia que tal modo de vivir nos lleva a la destrucción tanto del sentido espiritual y ético de nuestra vida como del mundo natural que nos dio origen y hace posible nuestra existencia como seres humanos. La razón, muchas veces, nos enfrenta en discusiones discriminatorias e insensatas y, muchas veces también, nos impide reconocer que en todos estos siglos de razón no nos ha sido posible darnos cuenta de que en la emoción somos todos iguales en la risa, la tristeza, el miedo, la angustia, o el amor. La utilidad de la razón debería estar en reconocer nuestras emociones para darnos cuenta que nos parecemos mucho más de lo que creemos y que nuestras diferencias obedecen a la gran diversidad cultural que en cada sociedad determina modos de ver y vivir el mundo.

El valor de las emociones exige de nosotros una toma de consciencia de lo que significa desarrollar todo el potencial humano del individuo, trascendiendo el movimiento reflejo o automatizado, comprendiendo y respetando los mensajes gestuales que las expresiones corporales reflejan en cada una de las emociones que nacen y viven en las experiencias motoras. Reconocer las emociones reflejadas en las expresiones corporales nos permite sintonizar con otros y buscar las respuestas más adecuadas. “En general, nadie que nos ve o escucha logra ver lo que hacemos o entender lo que hablamos, si no distingue la emoción que sustenta nuestra conducta” (MATURANA, 1997, pgs. 146-147). Por otra parte, independiente de los valores y principios de cada cultura, las emociones permiten que nos comuniquemos en el más profundo sentido de nuestra existencia, filogenética, puesto que ellas pertenecen a nuestra estructura evolutiva como especie, y en la medida que cada uno de nosotros no las niega ni las reprime, existe la posibilidad de desarrollarnos en mutuo respeto y aceptación de las diferencias en la convivencia diaria, tomando en consideración las potencialidades individuales y sociales de cada ser humano. Sin embargo, aun cuando las emociones se presentan al mundo en y a través del cuerpo, el cuerpo por sí solo no puede dar significado a las emociones, aún más, el hecho de ser ellas significativas para quien las presenta dice relación con el contexto en las que son vivenciadas, en una manifestación plena de toda la personalidad del individuo orientada culturalmente. Todo esto es de suma importancia, puesto que estamos hablando de generar los espacios educativos necesarios para el aprendizaje emocional definido como “el proceso de adquirir las habilidades para reconocer y manejar las emociones, desarrollar el cuidado y preocupación por los otros, tomar decisiones en forma responsable, establecer relaciones positivas y manejar situaciones desafiantes de manera efectiva” (MENA, 2012).

Pero, ¿Qué son las emociones? Según Maturana (1997, p. 22), cuando hablamos de emociones hacemos referencia al dominio de acciones en que un animal se mueve. Por ello, dicho autor, resalta que no hay acción humana sin una emoción que la funde y la haga posible como acto. Esto es lo que vemos especialmente en el deporte, las acciones que implican el mundo deportivo se plasman en emociones intensas y cuanto más intensa la emoción, mayor deseo de participación. Damasio (2006) distingue tres niveles o tipos de emociones: emociones de fondo, emociones primarias y emociones sociales. Las emociones de fondo, según el autor, son el resultado imprevisible del desencadenamiento simultaneo de diversos procesos regulatorios dentro de nuestro organismo, como por ejemplo las que se desencadenan producto de una combinación regulatoria entre el sistema nervioso y el cardio-respiratorio, que en determinados ambientes y dados ciertos estímulos, se expresan fisiológicamente, incomodando al sujeto que las experimenta. Las emociones primarias, por otro lado, pueden distinguirse con mayor facilidad ya que son reconocibles a través de la expresión corporal y que los animales, especialmente los humanos, utilizan para su supervivencia individual, estas son: miedo, rabia, asco, sorpresa, tristeza y felicidad. Siguientemente, las emociones sociales incluyen la simpatía, compasión, vergüenza, culpa, orgullo, celos, envidia, gratitud, admiración, espanto e indignación. Ahora bien, como las emociones de fondo y primarias corresponden a lo que podríamos llamar reflejos de sobreviviencia, estas no necesitan de un proceso de enseñanza y aprendizaje. Sin embargo, deben ser reconocidas y respetadas en el aprendizaje, desarrollo y adecuación de las emociones sociales, puesto que el ser humano en particular, es resultado de la integración e interacción social, integración que se facilita en la medida que las emociones primarias se vivencian espontáneamente, vinculándolas con aspectos culturales patrimoniales. Los estados de ánimo sociales determinan el horizonte de posibles acciones de las personas y, por lo tanto, constituyen un factor importante en la predicción de lo que pueden o no lograr (ECHEVERRÍA, 2005). Es en este aspecto que la Educación Física adquiere su relevancia educativa, ya que si entendemos esta como disciplina y no como simple actividad corporal, la cantidad de variables involucradas hace posible percibir y comunicar lo que sentimos y no solo lo que pensamos, valorando la libertad de expresión constituida en el respeto por sí mismo y en la aceptación del “otro como legitimo otro”.

Estas emociones, vitales para la existencia humana, permiten la expresión de sentimientos positivos y el acercamiento y respeto de las diferencias culturales, puesto que, emocionalmente, como especie, somos sustantivamente iguales. Toda esta fenomenología emocional se conjuga con aspectos y variables culturales que, actuando simbióticamente, permiten reconocernos como humanos. Esto es, la conducta humana no está determinada por la biología sino más bien, dichos comportamientos son el resultado de una combinación de factores genéticos y culturales (RIDLEY, 2004). Siguiendo la línea de discusión, de estas variables biológicas y culturales, se desprenden cuatro dimensiones que se integran en un principio de existencialidad humana: cuerpo, mente, espíritu y sociocultura. Estas dimensiones se entrelazan a su vez en la búsqueda de significados, sentidos y razones, permitiendo definir los elementos que son propios de cada existencia. Considerando ello, la tarea pedagógica que se nos presenta es evitar enfatizar una dimensión respecto de las otras.

Al evaluar, permanentemente, el rendimiento físico (dimensión corporal) de la persona, hacemos pensar que “tenemos” un cuerpo y no que “somos cuerpo” y enfatizamos la dimensión corporal sobre las otras. Esto es relevante puesto que el “tener” reduce el ser a la categoría de objeto, alejándose la posibilidad de que la persona se sienta sujeto, especialmente sujeto creador y transformador de su propia historia individual y social. La división de esta tetradimensionalidad se inicia en el momento que nos ocupamos casi exclusivamente del estímulo físico-orgánico del ser humano y nos preocupamos de evaluar y calificar el rendimiento biológico y mecánico. Esto no quiere decir que las otras dimensiones no estén presentes. Nadie existe sin emociones, sin mentalizar o sin reconocerse socialmente. Lo que quiero indicar es que, en muchas situaciones educativo-físicas lo que se enfatiza son las variables de desarrollo físico y orgánico, con lo cual disminuimos el valor de las variables emocionales y sociales. En cuanto fenómeno educacional, las emociones tienen especial relevancia en las clases de Educación Física, puesto que el niño/niña o joven en desarrollo, se encuentra “desnudo”, completamente expuesto en sus expresiones, transformando los gestos en relaciones humanas significativas que le “hablen” de él y de su relación en y con el mundo. Esto último será posible en la medida que las dinámicas relacionales humanas ofrecidas por el profesor sean las correspondientes al momento histórico de los que intervienen en el proceso pedagógico, de manera que ellos puedan mirarse, sentirse, aceptarse, conocerse, respetarse, y motivarse unos a otros a ser ellos mismos, bajo un concepto universal de libertad responsable.

Esto quiere decir que el profesor debe contextualizar y actualizar los aprendizajes, y a su vez, atreverse a comunicarse en el nivel más profundo del ser humano, el nivel de las emociones, creando un ambiente amoroso y acogedor, donde no exista el “objeto producto” y si el “sujeto humano”.

“No es lo mismo educar el cuerpo que escolarizarlo (CALVO, 2012. p.179), el cuerpo educado tiene posibilidades porque es un cuerpo que fluye, mientras que el cuerpo escolarizado se va aniquilando porque está prisionero de la organización escolar” (Id. p.184). Los test físicos, pruebas estandarizadas de fuerza o resistencia, apagan el fuego creador del niño o niña. Las enseñanzas de técnicas deportivas los convierten en autómatas que deben reproducir movimientos creados por otros, en fin, lo que prevalece en las clases de Educación Física es el niño objeto. El mismo autor señala que todo proceso educativo exige la presencia de un sujeto creador, activo y no pasivo. ¿De qué manera se observa este sujeto creador en las clases de Educación Física? No es posible observarlo en clases que privilegian la metodología conductista del mando directo, en la cual la participación del niño o niña se reduce a la presencia física de su corporeidad. Para observar al hombre creador, esto es, para permitir que el niño o niña exprese sus emociones más auténticas, es necesario modificar el ambiente de aprendizaje, crear una pedagogía de la sugerencia, en la cual el profesor se limita a indicar “qué” hacer, dejando el “como” a las posibilidades de pensamiento y acción de los propios estudiantes. Dicha pedagogía nos exige mirar, observar, lo que estoy sintiendo en la expresión de mi emoción, reflexionar sobre mi libertad y lo que me une a los otros, y de esta manera reconocer y aceptar que nuestras diferencias no son más que otra particularidad de estar en el mundo. Exige, también, observar la conducta, especialmente las expresiones corporales de los niños y niñas cuando se les somete a evaluaciones físicas o habilidades con patrones motores pre-determinados, lo que “dicen” sus cuerpos, sus rostros, su lenguaje emocional. Esas emociones, surgidas en un ambiente competitivo, pueden afectar negativamente la autoestima, en el sentido de subvalorar o sobre valorar unos aspectos de la personalidad sobre otros, distorsionando la percepción de una personalidad sana e integrada en su totalidad, desarrollando mecanismos de defensa con las que reprime o niega las emociones, que pueden influenciar una visión limitada de su existencia como ser humano y como integrante de una sociedad con características culturales propias. Por lo tanto, evaluar exclusivamente capacidades físicas o habilidades motoras, minimizan las posibilidades de expresiones creativas y emociones socio-educativas, transformando al ser humano  en una máquina de producción y consumo de energía, que tendrá valor en la medida que su rendimiento esté de acuerdo con los parámetros impuestos por una sociedad hegemónica y alienante. De allí que sea relevante educar las emociones de tal manera que el niño o niña desarrollen un lenguaje emocional, que según Mena (2012, p. 59).

Es la capacidad de utilizar un lenguaje adecuado y preciso para expresar lo que se siente. Tener esta habilidad va a favorecer que los niños puedan comunicar aceptación hacia los otros y expresar sentimientos de exclusión o de discriminación, cuando ello les ocurra. Favorecer la capacidad de identificar y poner nombre a la emoción que se está sintiendo permitirá a los estudiantes comunicarse en forma coherente y consistente, disminuyendo así las probabilidades de malos entendidos por problemas de lenguaje.

 

Cultura patrimonial y emociones

Pérez Gallardo y Linzmayer (2013) indican que, cultura patrimonial es el conjunto de experiencias y sensaciones emocionales que identifican la individualidad de cada ser humano. Estas experiencias (físicas, sociales, espirituales y sicológicas) se manifiestan en sensaciones y emociones que nos constituyen como individuos pertenecientes a una determinada cultura, con costumbres y expresiones (manifestaciones) específicas. Esta comprensión de la cultura patrimonial, necesaria para entender los comportamientos de las personas, debe ser considerada y desarrollada en el espacio escolar, específicamente en las clases de Educación Física, la que debe estar siendo ofrecida desde los primeros niveles de la educación formal. Todo esto significa traer hacia la escuela, en un primer momento, las manifestaciones culturales del grupo familiar; en un segundo momento, la cultura de la comunidad, hasta llegar a la comprensión universal del conocimiento. Esto implica considerar las experiencias que el niño, el joven y el adulto traen cuando llegan a la escuela, reconociéndolos como sujetos portadores de conocimiento. (Neira y Nunes, 2006).

Sin embargo, para efectos pedagógicos, es necesario hacer una distinción entre la cultura patrimonial (del alumno) y el patrimonio cultural (de todos). El patrimonio cultural es el conjunto de saberes institucionales, intelectuales y materiales que representan a una determinada sociedad. La cultura patrimonial del estudiante está constituida por las experiencias que lo configuran mental y espiritualmente a lo largo de su crecimiento como ser humano, dando forma a su identidad y personalidad, necesaria para que se reconozca como perteneciente a un determinado grupo social y cultural.

El patrimonio cultural es construido por todos, a partir de las interacciones dialécticas del grupo social, en cambio, la cultura patrimonial es construida por el propio individuo mediante sus experiencias con el medio físico y social, experiencias que estimulan las estructuras neuro-biológicas del sistema límbico de su cerebro y que desencadenan una particular forma de ver, ser y estar en el mundo; las experiencias reciben una connotación emocional y son clasificadas como importantes, peligrosas, agradables, etc., almacenando las informaciones en la memoria y utilizándolas cuando se enfrenta con algo diferente, extraño o desconocido.

Como esta cultura patrimonial se vincula con las experiencias más cercanas del niño o niña, están cargadas de emoción, puesto que dichas vivencias nacen y se desenvuelven en un ambiento afectivo que altera y aumenta las sensaciones de placer y agrado. Por ello, para que el proceso de enseñanza y aprendizaje establezca lazos de sentido y significado, debe estar imbuido de emociones propias de la cultura corporal patrimonial de cada individuo. Es en esta perspectiva que se justifica una “pedagogía de la cultura corporal” (Neira y Nunes, 2006) como propuesta contra-hegemónica, que pone en juego la discusión sobre currículo y poder, sobre justicia y democracia. Según los autores se trata de “dar voz” y despertar a una nueva pedagogía de la Educación Física, superando la utilización del cuerpo como objeto que produce y consume energía, una propuesta que transforma al individuo en cultor de su propia historia, autónomo y soberano.

Modificando el paradigma

Vamos de un lugar a otro, planificando y determinando las acciones para una consecución objetiva de la práctica pedagógica, sin embargo, la mayoría de las veces olvidamos que lo que mueve al ser humano es la emoción y no la razón. Por ello es necesario que en la vivencia de los contenidos pedagógicos se reconozca, se valore, lo que se siente cuando estamos aprendiendo, sea por motivos personales o por la especificidad del contenido. Las emociones son presente y es lo que distingue una emoción de un sentimiento. Cuando un ser humano se mueve, lo hace comandado por todo su sistema neurobiológico, reaccionando a los estímulos del medio ambiente, sin embargo lo que determina la consecuencia y apreciación de ese movimiento es un sentir que está más allá del simple hecho de moverse, ya que ese movimiento puede tener un significado, pero no ser significativo, pues quien lo hace significativo es el sujeto directamente afectado. Si sólo vemos el movimiento y no su consecuencia y contexto, entonces estamos muy cerca de tratarnos entre nosotros como simples objetos insensibles, sin esperar nada más que el producto para el que fueron estimulados. En la escuela, el niño/niña o joven tiene una cantidad de vivencias que dejan en él una marca profunda en el sentir respecto al significado que tendrá en su vida una palabra o una actitud. Infelizmente la mayoría de las veces estos estímulos o vivencias están dirigidos a nivel cognitivo o motor, esperando siempre una respuesta intelectual o físico-reproductiva, con el cual se oculta la natural capacidad de expresar sus sentimientos y esperar recibir gestos de comprensión, de buena voluntad, apoyo y aprecio. Por otra parte, en la medida que la Educación Física se torna más “física”, menos posibilidades existen de que la persona desarrolle su capacidad de “sentir” la vida como una oportunidad diaria de crecimiento y potenciamiento de sus cualidades humanas, y peor aún, pierde la posibilidad de compartir emociones con otros, desarrollando la empatía, necesaria para la sana y pacífica convivencia entre los seres humanos. Por ello, es necesario una Educación Física que apoye sus contenidos en la vivencia autentica y humilde de las emociones, expresándose de acuerdo a las posibilidades de cada uno, hasta llegar a comprender y aceptar que el otro es tan necesario como yo para darle sentido a la existencia y trascender de una forma creativa hacia una sociedad más tolerante, justa y democrática. La Educación Física debiera permitir al individuo trascender su individualidad y eso se puede lograr en la medida que los tiempos-espacios vividos en las clases superen el nivel de información-mecánico-instructivo, incluso superar el paradigma “transmisión del conocimiento”, ya que sólo los objetos constituidos de transistores transmiten, las personas, seres humanos, no estamos construidos de tales materiales electrónicos, por lo tanto no transmitimos conocimiento ni cultura, en el sentido como lo hace una estación radial o televisiva. Los seres humanos nos constituimos en la vivencia de un lenguaje que se transforma en la interacción y construye conocimiento y cultura, en la medida que se configuran comportamientos emocionales que orientan nuestras actitudes y conductas. Estar en pleno contacto con nosotros mismos e identificándonos dentro de un contexto socio-afectivo determinado, asumiendo que aprender significa darse cuenta, y que ese darse cuenta nos permite existir en armonía con la naturaleza y el universo que nos rodea.

La modificación del paradigma en Educación Física escolar se relaciona con la modificación de nuestra forma de ver y conocer el fenómeno, considerando que el niño o niña no es un objeto al cual se le deban aplicar ciertas cargas de trabajo motriz para tal o cual performance. En el fondo, cambiar de paradigma no es otra cosa que cambiar la forma de hacer clases, pero no solo desde la forma, sino especialmente desde el fondo. Esto implica resolver el por qué, para qué, cómo, cuándo, quienes, cuánto y en qué circunstancias se elabora un currículo que considere las emociones como su eje central de creación y aplicación. Esto nos lleva irrenunciablemente a modificar el modo de operar los contenidos de la Educación Física, tomando en cuenta la diversidad cultural, historia e intereses de los participantes. En definitiva, configurar una práctica pedagógica en la cual las emociones y la cultura patrimonial tengan un lugar y tiempo de encuentro que permita al niño o niña reconocerse como ser capaz de transformar su propia historia.

 

Cómo hacemos lo que hacemos, cómo decimos lo que decimos o cómo la forma afecta al fondo

Se discute sobre el contenido de la Educación Física en las escuelas, sobre su objeto de estudio, si pertenece o no a alguna área del conocimiento universal, pero poco se habla sobre cuál es nuestra responsabilidad como profesor de clase al pasar un saber o construir conocimiento nuevo en los estudiantes a nuestro cargo. En la dinámica de las relaciones humanas, en cualquier cultura, se van construyendo (o destruyendo), la personalidad de los niños en el fluir de las emociones. Muchas veces no sabemos cómo nacen y muchas veces nos sorprendemos frente a sus estímulos. Es evidente que tales sensaciones y expresiones no necesitan de una demostración científica, ya que nos descubrimos al mundo en esas emociones que nos identifican en el dolor, la rabia, en la alegría o el miedo, la sorpresa, el asco o la vergüenza. Y son estas emociones las que transforman una simple vivencia en una experiencia inolvidable. ¿Son inolvidables las vivencias escolares para nuestros niños/niñas y jóvenes? Puede que sí. Sin embargo, ¿Cuál vivencia? ¿Cuáles contenidos? ¿Qué quedó en la memoria emocional en nuestra vida que significó un cambio en la manera de pensar o hasta de vivir? ¿Qué fue lo que profesor habló, cómo habló, lo que hizo la experiencia inolvidable? ¿Cómo afectamos, nosotros, las emociones de los otros?    La manera como reaccionamos está directamente relacionada con la fuente y modo de acción de las otras personas. En ese sentido tenemos el potencial de construir o destruir una personalidad. Construimos con una sonrisa, caricia, mirada tierna, voz suave, abrazo cariñoso, consejo sin prejuicio, alegría de vivir, paciencia, amor y voluntad de ser mejor. Destruimos con la soberbia, prepotencia, orgullo, vanidad, egoísmo, mirada odiosa, rostro amargo, manos empuñadas, negación del otro como legitimo ser diferente, gritos, imposiciones, golpes, indiferencias, insultos, y muchas otras no adecuadas de describir aquí. La forma afecta al fondo, siempre, no hay salida. No es sólo lo que hablo lo que produce una emoción, es también cómo lo digo, es decir, lo que mi cuerpo hace cuando hablo, cuando expreso una frase o acción. No es lo mismo decirle a un niño/niña: “Tú sabes que te amo”, mientras vemos la tv o leemos el diario, que decir las mismas palabras, pero mirando directamente a él o ella a sus ojos, tomando sus manos o rostro con nuestras manos y con voz suave le hacemos sentir que es la persona más maravillosa y lo más importante para nosotros. Es lo que sucede en nuestras clases de Educación Física, y no estoy diciendo que sea con la intención de herir que muchas veces hablamos o actuamos sin considerar los efectos que tendrán dichas expresiones. Lo que intento explicar es que estamos obligados a reconocer, como educadores que somos, que nuestra forma de ser y hacer, muchas veces será más relevante para ese niño/niña que el contenido o el saber de la materia. Relevante porque dicha acción puede ser clave para conseguir que lo aprendido no se olvide jamás o, al contrario, no queramos recordarlo el resto de nuestra vida. En este sentido es que se puede decir que para ser efectivo hay que ser afectivo. Este “como” se relaciona con la reconocida inteligencia emocional que, en palabras de Smith (2007, p.33).

Quienes poseen una elevada inteligencia emocional-interpersonal, intrapersonal y social – son personas socialmente estabilizadas, sociables, optimistas. Poseen una gran capacidad de compromiso con ideales y con personas, acostumbran a asumir tareas, tienen una mirada ética de la existencia. Su mundo emocional es fuerte, se sienten a gusto consigo mismos, con sus semejantes y con el universo social en el que viven, tienen una autoimagen positiva, y la mayoría de los acontecimientos tienen sentido.

El cómo establece la diferencia entre un ambiente patriarcal y uno matriztico, puesto que existe una diferencia sustancial entre el acoger y segregar. Entre las imágenes de igualdad y las de poder. De ahí la importancia de considerar la cultura matriztica como eje central en las intervenciones pedagógicas que busquen el estímulo, desarrollo y vivencia de las emociones, recordando que tales emociones, especialmente las primarias, son esenciales para sobrevivir en un determinado medio social.

 

A modo de conclusión

Las emociones, fundamento de la conducta humana, permiten que nos reconozcamos como seres pertenecientes a una misma especie y, en ese reconocimiento, coordinar nuestras conductas para consensuar ideas, sentidos y significados, desarrollándonos en la cooperación, respetando la diversidad cultural. Cultura matriztica es una cultura que basa sus dinámicas relacionales humanas en el respeto del otro como legitimo otro y en la generación de ambientes de colaboración y afecto. Esta dinámica que permite “fortalecer la cohesión social sobre la base de la aceptación consciente de la existencia del otro, del diferente, se ha convertido en el principal objetivo de las instituciones responsables del proceso de socialización, particularmente de la escuela” (TEDESCO, 2009. p.35). Contraria y tradicionalmente, la Educación Física escolar ha basado sus acciones en actividades de carácter competitivo, configurando y reforzando una cultura patriarcal dominante, alejándonos de la posibilidad de dicha cohesión.

Cultura matríztica, cultura patrimonial, pedagogía de la cultura corporal, formación humana, emociones, son algunos de los nuevos conceptos que comienzan a aparecer en el ámbito de la Educación Física escolar chilena, especialmente en la formación inicial de profesores del área. Y cuando decimos que estos nuevos conceptos se relacionan con “otra” Educación Física, lo que estamos queriendo decir, es que hemos dado una nueva mirada tanto a la formación como a la actuación profesional de los profesores que utilizan la Educación Física como medio para educar a la persona. Y cuando decimos “educar” estamos en franca oposición con el acto de “instruir”, entendiéndose por esto último, una acción que no supera el nivel de información, en el cual el alumno o alumna se limita a reproducir movimiento sin contexto y sin posibilidades de modificar dicha reproducción, lo cual lo transforma en un ser casi no pensante, en el sentido de no desarrollar una actitud crítica frente a su propia formación. Esto es especialmente delicado en la Educación Superior, donde el objetivo primordial es formar en el sujeto un espíritu crítico, históricamente situado, capaz de producir su propio conocimiento y no sólo de replicar lo que le entregan sus profesores. “Otra” Educación Física, es la que se opone a la medición de variables físico-orgánicas, queriendo reemplazar con esto un verdadero proceso de enseñanza-aprendizaje. Medir cuanto corre o cuanto salta un niño está muy lejos de ser el reflejo de una evaluación de procesos de aprendizajes significativos. La Educación Física que todos conocemos es la que mide y califica dimensiones y habilidades corporales, coloca notas por muchas cosas que los niños no entienden; obliga a niños y niñas a ejecutar muchas destrezas que no pueden hacer; repite año a año los mismos contenidos y las mismas actividades, en fin, es la que no ha cambiado desde prácticamente sus inicios por allá en el siglo XVIII. Esta “otra” Educación Física de la que hablo, necesariamente nos lleva a aprender nuevos conceptos, nuevas formas de ver el mundo, nos obliga a cuestionar lo aprendido en el siglo XIX y XX, y reconocer que los niños y niñas del siglo XXI reclaman y esperan otra Educación Física. Una que los valore por lo que son capaces de desarrollar en sus mentes y sus espíritus y no sólo por lo que sus cuerpos son capaces de hacer.

Por otro lado, la cultura matriztica espera de nosotros una postura diferente de la que fue aprendido en la cultura patriarcal, especialmente frente a los actos educativos que suceden al interior de la escuela, espera un esfuerzo mayor en el sentido de buscar lo que no tenemos o no nos fue enseñado. Todos tenemos la posibilidad de cultivarla ya que ella hace referencia a nuestra propia naturaleza amorosa y sensible a las transformaciones humanas. Una transformación dinámica que nos lleve del significado de las cosas a la trascendencia de nuestra individualidad a través de esas cosas, en relación a los valores y principios de convivencia social deseable para cada comunidad.

El conocimiento no tiene valor educativo si no es orientado hacia una formación humana de nuestros alumnos. Debe buscar el descubrimiento de las capacidades y habilidades del ser humano que sean útiles para el desarrollo de actitudes de respeto y empatía, de tolerancia y cooperación, de humildad y aceptación, en fin, de la diversidad cultural que nos identifica como seres que compartimos la misma naturaleza. Para que esto ocurra, necesitamos una Educación Física que apoye sus contenidos en la vivencia espontánea de una total expresión de la personalidad, asumida en las dinámicas relacionales de la existencia, en la riqueza del compartir, expresándose de acuerdo a las posibilidades de cada uno, recordando que las emociones son inherentes a la especie a la cual pertenecemos. Una Educación Física libre de patrones de comportamientos estructurados y descontextualizados, donde la comunicación con el otro supere el simple movimiento vacío, transformando esa acción en una extensión de los propios límites, hasta llegar a comprender y aceptar que el otro es tan necesario como nosotros para dar sentido a la existencia sociocultural de todos los que pertenecen a determinada comunidad.

Pienso que lo que justifica nuestra presencia frente a nuestros alumnos no es solo cuanto conocimiento podemos compartir, sino la calidad de las vivencias en el fluir de las emociones que nos identifican como humanos, donde las intervenciones pedagógicas se orienten hacia el respeto de la diversidad cultural, ofreciendo un ambiente matriztico en el cual tales emociones sean utilizadas para la exploración de las potencialidades de cada individuo, mirando hacia un horizonte que nos permita vivir en paz y libertad.

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