En este estado de cosas en las que el abuso y la violencia ya comienzan a formar parte del paisaje cotidiano, especialmente hacia la mujer y los niños (no digamos que es un paisaje desconocido, lo que pasa es que ahora hay medios para enterarse, pero este abuso es ancestral, endémico y de raíz patriarcal), me nacen algunas cuestiones que busco resolver y que, de paso, invito a los lectores a colaborar con posibles respuestas. ¿Cómo aprende el ser humano a hacer diferencias de género? ¿Cómo aprende la idea que un género es más importante o más fuerte que el otro? Y, contrariamente, ¿cómo podría aprender que, si hay diferencias, estas son necesarias para la evolución y mantención de la especie humana? ¿cómo enseñarle a un niño o niña que, precisamente, lo que nos hace humanos son esas diferencias? ¿por qué algunas personas connotan como algo malo la igualdad de trato? Convengamos que si bien no es necesaria la igualdad de género (biológicamente imposible y culturalmente aberrante), sí debería existir la igualdad de trato. Y, ¿qué es una igualdad de trato? ¿cómo se manifiesta esa igualdad de trato en el día a día? Me parece que cuando separamos niños y niñas en las clases de Educación Física estamos incentivando la desigualdad, pues da la impresión que tal separación obedece a la creencia de que existen contenidos o actividades exclusivamente “femeninas” y otras exclusivamente “masculinas”. Yo pienso que los separan para comodidad de los profesores, pues, por cierto, es complejo educar damas y varones juntos en la dinámica del movimiento o la acción motriz, porque seguramente las damas elegirán actividades diferentes a los varones. Y es muy posible que así sea, pero nuestra función educadora es, precisamente, educar en la diversidad, con la diversidad y para la diversidad. Para educar en la homogeneidad no es necesario poseer un título profesional. Somos diferentes, pero no para ser tratados en forma diferente, si en forma diferenciada. Y esto puede regularse con las exigencias de una misma tarea. Es decir, la terea puede ser la misma, pero realizada en forma diferente y diferenciada, pues no todos podrán resolverla de la misma forma, y no solamente por alguna cualidad especial, sino porque algunos son más creativos o autoexigentes. Toda vez que hacemos, intencionadamente o no, algún tipo de diferencia (social, intelectual, física, afectiva, motriz, etc.), lo que hacemos es una discriminación que solo deja feliz a quien la aplica, pero aquel que se siente o es derechamente discriminado por ser diferente, solo siente dolor y poco a poco va generando resentimiento en relación a esa diferencia. Me parece que, dentro de las pedagogías, la Educación Física tiene grandes posibilidades de ayudar a disminuir estas escalada de violencia y agresión, claro que para ello es necesario un cambio de paradigma, tanto en la formación como en la actuación profesional, pues el paradigma actual (deportivo-competitivo) es el fiel reflejo de una cultura patriarcal que basa sus acciones en la búsqueda de poder y control, dividiendo a los seres humanos en ganadores y perdedores, fuertes y débiles, lentos y rápidos, gordos y flacos, titulares y banca, etc. También claro, algunos justificarán todo ello como natural y necesario. Lo que no dicen es que es natural y necesario para sus propios intereses y no hay mayor interés, para algunos, que mantener las cosas tal cual están porque les es conveniente y necesario.

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