Cuando un niño llora y está rodeado de otros niños, todos lloran con él. A eso, en nuestra pretendida interpretación del mundo del niño, llamamos empatía. Los demás niños ni siquiera saben porque llora su par, menos sufren el dolor que está sufriendo el que llora. Simplemente le dicen, en su llanto colectivo, “estamos contigo…haremos mucho ruido para que venga alguien a ayudarte”. ¿qué pasó en el camino que nos olvidamos de eso? ¿cómo fue que perdimos esa sensibilidad? ¿por qué tiene que estarme pasando lo que la pasa al otro para que me importe? ¿si no siento ese dolor no lo ayudaré? Así es. Somos tan hipócritas que juzgamos al otro sin antes saber lo que realmente le pasa. Emitimos nuestra opinión como si fuéramos capaces de ver la “verdad”, sin siquiera meditar sobre el asunto. Los niños no saben de diferencias, ni las hacen bajo ningún pretexto. Pero ahí vamos los “adultos” a decirles como es “mejor” comportarse. Y les vamos castrando su natural empatía por el otro y lo otro, incluso lo diferente a él. Le heredamos a niños y niñas nuestros miedos y frustraciones. Los enviamos al psicólogo en vez de ir nosotros a tratar nuestra propia falta de autoestima. Es cierto…yo…tú…usted…fuimos esos niños y niñas y algo pasó en el camino que nos fue transformando en esos adultos cobardes e insensibles sociales de hoy. Pero somos capaces de revertirlo ¿o no? Si nos dimos cuenta de esto que le estoy contando ¿por qué lo seguimos haciendo con nuestros niños y niñas? ¿o es que francamente no nos damos cuenta o simplemente nos hacemos los desentendidos? Podemos cambiarlo. Algunos hablan de recuperar una cultura matriztica. Yo creo que es mucho más simple aun: confiar en nuestros niños y niñas…ellos saben que hacer. Confiemos, protejamos y alentemos sus propios sueños. Copiemos sus hermosas conductas exentas de prejuicios. Ayudemos a todos los que podamos ayudar sin importar si me ayudarán mi o no. No condicionemos nuestra humanidad a “tanto me das tanto te doy”. Si podemos ayudar…debemos ayudar. Lo demás es simple y llano egoísmo. ¿Utopía? Puede ser. Pero podemos elegir entre vivir utópicamente o de espaldas al dolor ajeno. ¿qué algunas cosas están mal hechas? Haga usted su mejor esfuerzo y quizá esas cosas mal hechas mejoren. ¿qué algunos se aprovechan? No se aproveche usted y ya tendremos uno menos. ¿qué son flojos? No sea flojo usted y la tarea será hecha. Es decir…no puedo hacer mucho desde el otro, pero puedo hacer un cambio desde mí. Si la vida no sirve para cambiar no vale la pena vivirla. Esa es una de las grandes diferencias entre vivir y existir. Lo gracioso es que para transformar esta realidad y recuperar lo mas humano de nuestra humanidad, hay que “regresar”, “rebobinar”, “resetear” y volver a creer en el ser humano como cuando fuimos niños y niñas, sin temores y sin prejuicios. ¿Quieres? ¿Puedes? Nadie dice que sea fácil. Pero creo que vale la pena intentarlo. Especialmente pensando que como educador no puedo obviar esa responsabilidad. No puedo educar a mi hija o mis estudiantes como a mi me educaron, ni puedo pretender educar en otros lo que no está educado en mi. Ni puede darme lo mismo lo que pase con el otro o lo otro. Pasemos más tiempo cerca de nuestros niños y niñas y contagiémonos de sus naturales expresiones de solidaridad, alegría y ludicidad y quizá, quien sabe, muchas cosas mejoren.

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